Es probable que hayas escuchado más de una vez decir que Julio Verne fue un gran visionario, un hombre con la capacidad de ver el futuro. En sus obras se imaginó el primer submarino, el Nautilus del Capitán Nemo, máquinas voladoras o el primer viaje espacial.
Sin embargo, cualquiera de sus biógrafos nos dirá que era un gran apasionado de la ciencia, que devoraba revistas científicas y que de éstas es de donde fue sacando sus maravillosas ideas. Es decir, la sociedad científica en la que vivió le marcó, igual que haberse criado en una familia pudiente junto al puerto de Nantes, lugar de exportación de esclavos a Estados Unidos por antonomasia, le llevó a escribir su claramente antiesclavista “Un Capitán de Quince Años”.
Otro autor marcado por su entorno fue Lewis Carrol y esto lo podemos ver en uno de sus personajes más icónicos: el Sombrero Loco de Alicia en el País de las Maravillas.
El autor nació en Daresbury y creció en un entorno en el que la industria de la fabricación de sombreros era preeminente. Cuando nació Lewis Carrol ya existía en el argot popular la frase “crazy as a hatter” o “loco como un sombrerero” El origen de esta expresión debemos buscarlo en una enfermedad profesional: la hidrargia o envenenamiento por mercurio que, en aquella época, afectaba a las personas que trabajaban en la elaboración de sombreros de fieltro.
Si bien en el personaje de ficción destaca claramente su excesiva euforia, que no es uno de los síntomas principales del envenenamiento por mercurio, también refleja otros de los más habituales: picores continuos, cambios bruscos de humor, delirios y temblores. La creación de este personaje no deja de ser una crítica a la feroz industrialización de su época.
Otro ejemplo de hidrargia menos conocido lo tenemos en Sir Isaac Newton. En su vida tuvo una época en la que pasó por varios momentos de depresión junto a ataques de paranoia; en estos acusaba a su amigo, el filósofo John Locke, de cosas que nunca hizo.
Inicialmente se pensaba que estos ataques se debieron a la pérdida de uno de sus discípulos, pero estudios posteriores, en los que se analizaron muestras de pelo, demostraron una concentración de plomo en el mismo quince veces superior a la normal, claro marcador de la enfermedad. La afición a la alquimia de Newton y sus intentos de dar con la piedra filosofal, a través del “mercurio sófico”, lo llevaron a enfermar de gravedad si bien, afortunadamente para la física, se recuperó posteriormente de su intoxicación.


